PAPAYITA: UNA HISTORIA DE BULLING, CORRUPCIÓN E INJUSTICIA
A lo largo de estos días se ha estado difundiendo la noticia que simplemente debe ser tomada con indignación, como es posible que en pleno siglo XXI veamos este tipo de atrocidades viendo hacia donde se encamina el mundo con tanta maldad. Esta historia es la de Carlos Gurrola, conocido como Papayita. El era un trabajador de la empresa H.E.B. que de acuerdo a declaraciones de su madre el joven sufría de acoso laboral, en cual se incluyen violación a la propiedad privada, como reventar las llantas de su bicicleta, robo de su comida y múltiples burlas, pero esto no queda ahí, si no lo que ocurrió después, un fatídico día a alguno de estos abusadores se le ocurrió llenarle su botella de electrolitos con solvente químico lo cual acabo terminando con su vida, no obstante, antes de perecer este pobre joven sufrió 3 semanas de agonía intentando luchar por su vida.
Este trágico evento atrajo nuevamente consigo, el reflexionar sobre que pasa con las autoridades competentes en los trabajos, que evitan este tipo de practicas, esto nos demuestra que como país no hemos aprendido nada, que la maldad esta a la vuelta de la esquina, en donde menos lo esperas, otra de las cosas que indigna es que las autoridades no han encontrado responsables y no hacen nada por hallarlos, se protege la integridad de la empresa que tiene dinero para silenciar las malas practicas cometidas en sus instalaciones, me pregunto que acaso, ¿No tenían cámaras?, claro que las tenían, pero solo le muestran a las autoridades lo que les conviene, ya que claro lo importante es cuidar la imagen de la empresa, y los empleados ¿que?, como siempre no somos imprescindibles, solo números, que si el día de mañana nos pasa algo no importa, aquí lo importante es que la empresa tenga dinero, que la empresa siga ganando, mientras los demás hacemos el trabajo sucio, que muchas veces expone nuestra vida, por un salario la mayoría de veces miserable, que apenas alcanza para poder sostener un hogar, en el caso de Papayita su madre que dependía de su ingreso, y por estas razones aguantaba todo tipo de abusos para poder conservar su empleo, ¿Que hizo la empresa para protegerlo?, nada solo dejo que esto siguiera ocurriendo hasta su triste muerte.
Hoy invito a la gente que esta en la misma situación que Papayita, que no vale la pena el sueldo, no vale la pena la empresa, no vale la pena aguantar malos tratos si esto perjudica tu integridad, tu salud mental y tu bienestar, tenemos tan poca vida que no vale la pena desperdiciarla en un trabajo que no valora tu esfuerzo y tus ganas, donde tienes que exponer tu vida y nada es remunerado, hoy les digo que renuncien, que dejen eso, que si es necesario inicien de 0 las veces que sean necesarias, pero no se queden en un lugar donde el día de mañana tu muerte solo quedara como algo accidental y nadie hará justicia por todo lo que soportas y el esfuerzo que haces.
Quiero terminar este post con un poema que de niña me encantaba recitar con mi madre y que me hizo recordar esta historia tan triste, espero algún día la justicia sea real y se le encarcele a los que hicieron esto, si no siempre seremos carnada para leones donde los demás solo miraran con morbo sin hacer nada.
Marciano, mal cerradas la heridas
que recibió ayer mismo en el tormento,
presentóse en la arena sostenido
por dos esclavos; vacilante y trémulo.
Causó impresión profunda su presencia.
“¡Muera el cristiano, el incendiario, el pérfido!”
gritó la multitud con un rugido
por lo terrible, semejante al trueno.
Como si aquel insulto hubiera dado
vida de pronto y fuerza al enfermo,
Marciano al escucharlo, irguióse altivo,
desprendióse del brazo de los siervos,
alzó la frente, contempló a la turba
y con raro vigor, firme y sereno
cruzando solo la sangrienta arena,
llegó al pie mismo del estrado regio.
Puede decirse que el valor de un hombre
a más de ochenta mil impuso miedo,
porque la turba al avanzar Marciano
como asustada de él guardo silencio;
llegando a todas partes sus palabras
que resonaron en el circo entero:
-César -le dijo- miente quien afirme
que a Roma he sido yo quien prendió fuego.
Si eso me hace morir, muero inocente
y lo juro ante Dios que me está oyendo.
Pero, si mi delito es ser cristiano,
haces bien en matarme, porque es cierto,
creo en Jesús y practico su doctrina
y la prueba mejor de que en Él creo,
es que en lugar de odiarte ¡te perdono!
y al morir por mi fe, muero contento.
No dijo más, tranquilo y reposado
acabó su discurso, al mismo tiempo
que un enorme león saltaba al circo
la rizada melena sacudiendo.
Avanzaron los dos, uno hacia el otro,
él los brazos cruzados sobre el pecho,
la fiera, echando fuego por los ojos,
y la ancha boca, con delicia abriendo.
Llegaron a encontrarse frente a frente,
se miraron los dos, y hubo un momento
en que el león, turbado parecía,
cual si en presencia de un hombre tan sereno,
rubor sintiera el indomable bruto,
de atacarlo, mirándolo indefenso.
Duró la escena muda, largo rato
pero al cabo, del hijo del desierto
la fiereza venció, lanzó un rugido,
se arrastró lentamente por el suelo
y de un salto cayó sobre su víctima.
En estruendoso aplauso rompió el pueblo.
Brilló la sangre, se empapó la arena
y aún de la lucha en el furor tremendo,
Marciano con un grito de agonía
-Te perdono, Nerón -dijo de nuevo.
Aquel grito fue el último; la zarpa
del feroz animal cortó el aliento
y allí acabó la lucha. Al poco rato
ya no quedaba más de todo aquello
que unos ropajes rotos y esparcidos
sobre un cuerpo también roto y deshecho,
una fiera bebiendo sangre humana
y una plebe frenética aplaudiendo.

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